El supermercado como mapa: cómo aprende el cliente a orientarse

Al entrar por primera vez en un supermercado, cualquier persona necesita unos segundos para situarse. Busca los carteles, observa los pasillos y trata de entender cómo está organizada la tienda.

Sin embargo, después de varias visitas: deja de pensar en cómo orientarse.

Ya sabe dónde está la fruta, en qué pasillo encontrará la pasta o hacia qué zona tiene que dirigirse para buscar productos de limpieza. Incluso puede recorrer buena parte del supermercado casi de memoria.

El cliente ha creado su propio mapa mental de la tienda.

La primera visita es muy diferente de la décima

Para alguien que nunca ha estado en un supermercado, la distribución puede parecer simplemente una sucesión de pasillos. Para un cliente habitual, en cambio, cada zona tiene un significado.

No necesita leer todos los carteles porque ya sabe dónde dirigirse. Reconoce determinados espacios, referencias visuales y hasta el orden aproximado en el que encontrará las cosas.

Ese aprendizaje se produce poco a poco y hace que comprar resulte más rápido.

Por eso, la distribución de un supermercado no solo organiza productos. También ayuda al cliente a construir una especie de mapa que utilizará cada vez que vuelva.

Los pasillos se convierten en puntos de referencia

Cuando alguien piensa en un supermercado que conoce bien, probablemente no recuerda únicamente los productos. También recuerda lugares.

Puede pensar: “después de la zona de conservas está la pasta” o “el aceite está al fondo, antes de los productos de limpieza”.

Esas referencias permiten orientarse sin necesidad de analizar constantemente la señalización. Con el tiempo, el espacio deja de ser desconocido y se convierte en familiar.

Esto tiene una consecuencia importante: cuanto más conoce una persona la tienda, menos esfuerzo necesita para realizar una compra habitual.

El cliente no memoriza todo el supermercado

No hace falta que una persona conozca la ubicación exacta de cada producto. Su mapa mental suele ser mucho más sencillo.

Puede recordar zonas generales y utilizar determinados elementos para completar el recorrido. Un cartel, una sección concreta, una nevera o incluso un producto muy reconocible pueden funcionar como puntos de referencia.

Es parecido a orientarse por una ciudad. No hace falta conocer todas las calles para saber llegar a un lugar. Basta con reconocer algunos puntos que permiten saber dónde estás y hacia dónde tienes que ir.

En el supermercado sucede algo parecido.

¿Qué pasa cuando se cambia una sección?

Aquí aparece uno de los problemas más interesantes.

Mover una sección puede tener todo el sentido desde el punto de vista de la organización de la tienda. Puede permitir aprovechar mejor el espacio, mejorar el recorrido o dar más visibilidad a determinados productos.

Pero para el cliente habitual, ese cambio significa que su mapa ya no funciona igual.

Lo que antes estaba en un lugar conocido ha desaparecido. Y entonces aparece una pequeña sensación de desorientación: “¿Dónde habrán puesto ahora esto?”.

No tiene por qué convertirse en un gran problema, pero sí añade unos segundos y cierta frustración a una compra que hasta ese momento estaba automatizada.

De ahí que cualquier cambio importante en la distribución también modifica los hábitos que el cliente ha construido.

La señalización funciona como las calles de una ciudad

Los carteles tienen una función evidente: indicar dónde está cada categoría. Pero también ayudan a reconstruir el mapa cuando el cliente lo necesita.

Una buena señalización permite que una persona que no conoce la tienda pueda orientarse sin tener que preguntar constantemente. Y para el cliente habitual, sirve como confirmación de que está siguiendo el camino correcto. Por eso, no siempre es necesario llenar el supermercado de carteles.

Lo importante es que estén situados en lugares donde realmente ayuden a tomar decisiones y que la información sea clara.

Una señal que no se ve o que obliga al cliente a detenerse para interpretar qué quiere decir no está cumpliendo demasiado bien su función.

Las referencias visuales también forman parte del mapa

Los colores, las formas, la iluminación, las neveras, las columnas, las entradas a determinadas secciones o incluso algunos elementos característicos de la tienda pueden convertirse en referencias.

El cliente puede no saber exactamente qué número de pasillo está recorriendo, pero sí reconocer que está cerca de la panadería porque ve determinados elementos.

Esto resulta especialmente importante en establecimientos grandes, donde la cantidad de productos y pasillos puede hacer que la orientación sea más complicada. El espacio empieza a funcionar como un sistema de señales.

Facilitar la orientación sin convertir la compra en un recorrido automático

Un cliente necesita poder encontrar lo que busca. Si cada compra se convierte en una búsqueda complicada, la experiencia empeora.

Pero una tienda tampoco quiere que el cliente atraviese los pasillos sin mirar nada porque conoce perfectamente el camino que debe seguir.

La distribución tiene que convivir con esas dos necesidades:

  • Por un lado, debe facilitar la compra habitual.
  • Por otro, debe permitir que aparezcan descubrimientos, novedades o productos que el cliente no tenía previsto comprar.

Pequeños cambios, exposiciones especiales o nuevas ubicaciones pueden modificar el recorrido sin necesidad de transformar por completo la tienda.

Cambiar las cosas también puede romper hábitos

Cuando un supermercado cambia periódicamente la ubicación de determinados productos, puede conseguir que los clientes recorran zonas que antes atravesaban sin prestar atención.

Pero también puede generar confusión.

La cuestión no es simplemente decidir entre mantener todo igual o cambiarlo constantemente. Se trata de entender qué elementos conviene que permanezcan estables y cuáles pueden modificarse.

Las categorías principales necesitan cierto nivel de previsibilidad. Si el cliente sabe aproximadamente dónde encontrar lo que busca, la compra resulta más cómoda.

En cambio, determinados espacios pueden utilizarse para novedades, campañas de temporada o exposiciones que cambian con mayor frecuencia. Así, el supermercado puede conservar un mapa reconocible sin convertirse en un espacio completamente previsible.

La distribución de un supermercado no es únicamente una cuestión de colocar productos en determinados espacios. También consiste en construir un entorno que el cliente pueda comprender, recordar y utilizar con facilidad.

Porque cuando alguien entra en una tienda y sabe perfectamente hacia dónde dirigirse, probablemente no piensa en todo lo que ha aprendido. Tan solo siente que sabe dónde está cada cosa. Y eso también forma parte de la experiencia de compra.

El supermercado de las compras que no estaban previstas

Cuando alguien entra en un supermercado suele tener una idea bastante clara de lo que necesita. Puede llevar una lista, tener en mente algunos productos concretos o incluso saber aproximadamente cuánto quiere gastar.

Pero después empieza el recorrido.

Y ahí aparecen productos que no estaban en la lista, ofertas que llaman la atención, novedades que despiertan curiosidad o pequeños caprichos que terminan encontrando un hueco en el carrito.

La compra no siempre responde a un plan cerrado. De hecho, una parte de la experiencia de comprar consiste precisamente en descubrir cosas que no se habían previsto.

Entrar con una lista no es siempre salir con la misma compra

La lista de la compra funciona como una guía, pero no necesariamente como un contrato.

Una persona puede entrar buscando leche, arroz, fruta y detergente y acabar llevando también una salsa que no había probado nunca, unas galletas que ha visto en promoción o un producto de temporada.

Esto ocurre porque comprar no consiste únicamente en resolver necesidades previamente identificadas. El propio recorrido por la tienda genera nuevas decisiones.

Un producto puede recordar al cliente que le apetece preparar una determinada receta. Una oferta puede hacer que considere interesante comprar algo que no tenía previsto. Una novedad puede despertar curiosidad.

Por eso, el supermercado no es únicamente el lugar donde se encuentran los productos que el cliente estaba buscando. También puede convertirse en el lugar donde aparecen nuevas posibilidades.

El recorrido también genera compras

La forma en la que están colocados los productos influye en lo que el cliente ve durante su recorrido.

No es lo mismo pasar rápidamente por un pasillo que recorrerlo con tiempo. Tampoco es lo mismo encontrar todos los productos agrupados únicamente por categorías que descubrir determinadas combinaciones mientras se compra.

Por ejemplo, colocar cerca productos complementarios puede facilitar que el cliente piense en ellos como parte de una misma compra.

Una salsa junto a una pasta puede recordar una comida que no estaba prevista. Un producto para acompañar una bebida puede despertar la idea de organizar algo en casa. Un ingrediente concreto puede hacer que el cliente piense en una receta.

La clave está en que el producto aparezca en un momento en el que tiene sentido.

Las compras imprevistas necesitan una razón

Que un producto no estuviera en la lista no significa que el cliente vaya a comprarlo simplemente porque lo vea. Para que esa compra tenga posibilidades de producirse suele existir algún motivo.

Puede ser el precio, una promoción, una novedad, la comodidad, la presentación, la temporada o simplemente la sensación de que se trata de algo que merece la pena probar.

Por eso, colocar un producto en un lugar visible no debería ser el único objetivo. También es importante darle al cliente una razón para detenerse.

Un mensaje breve puede explicar una promoción. Una buena presentación puede despertar curiosidad. Una combinación de productos puede sugerir una idea de consumo.

La compra imprevista funciona mejor cuando el cliente entiende rápidamente por qué ese producto puede interesarle.

La compra por impulso no tiene por qué estar junto a la caja

Durante mucho tiempo, cuando se habla de compras impulsivas en un supermercado, es fácil pensar en los productos colocados junto a las cajas.

Es lógico: el cliente ya ha terminado prácticamente su recorrido, está esperando y tiene productos pequeños a su alcance. Pero las compras que no estaban previstas pueden producirse mucho antes.

Pueden aparecer en la entrada, en los pasillos, en una cabecera, en una zona promocional o incluso al lado de productos que el cliente ya tenía intención de comprar.

De hecho, cuanto más relacionada esté esa compra inesperada con lo que el cliente ya está haciendo, menos parece una decisión completamente aleatoria.

Un cliente que compra tomates puede descubrir un producto relacionado con una receta. Quien busca productos para el desayuno puede encontrarse con una novedad que encaja en ese momento de compra.

El contexto importa.

Las novedades tienen una ventaja: todavía no forman parte de la lista

Hay productos que difícilmente pueden aparecer en una lista porque el cliente todavía no sabe que existen.

Es el caso de muchos lanzamientos, nuevos sabores, formatos diferentes o productos que llegan por primera vez al supermercado. Aquí la exposición adquiere una importancia especial.

Si el cliente no ve el producto, probablemente no tendrá ninguna oportunidad de incorporarlo a su compra. Pero si lo encuentra en un lugar adecuado y entiende rápidamente qué es, puede surgir una decisión que no existía cuando entró en la tienda.

Esto convierte las novedades en una oportunidad interesante para generar descubrimiento.

Las promociones pueden cambiar una decisión

El precio también puede convertir una necesidad que no existía en una compra.

Un cliente puede no haber pensado en comprar determinado producto porque no lo necesitaba especialmente o porque no lo consideraba prioritario. Sin embargo, al encontrar una promoción puede reconsiderar la decisión.

Aquí aparece una cuestión importante: una promoción no siempre consigue que alguien compre más. En algunos casos simplemente consigue que el cliente adelante una compra que habría realizado más adelante.

Por ejemplo, puede decidir llevar dos unidades en lugar de una porque el precio resulta interesante.

La temporada también crea necesidades que antes no estaban

Hay productos que adquieren sentido en determinados momentos del año.

Una barbacoa puede hacer que aparezcan nuevas necesidades alrededor de ella. La vuelta al colegio cambia las compras de muchas familias. La llegada del frío puede aumentar el interés por determinados alimentos. Las fiestas generan nuevas ocasiones de consumo.

En estos momentos, el supermercado puede aprovechar algo que ya está ocurriendo fuera de sus paredes: las necesidades del cliente están cambiando. Por eso, las exposiciones de temporada tienen una función que va más allá de decorar la tienda. Pueden ayudar al cliente a descubrir productos relacionados con aquello que está viviendo en ese momento.

Y, de nuevo, algunas compras no estaban previstas al entrar.

La lista de la compra es solo el principio

Una persona puede entrar en el supermercado sabiendo exactamente qué necesita y, aun así, salir con una compra diferente. Para el establecimiento, esas compras que no estaban previstas ofrecen mucha información.

Permiten saber qué productos despiertan curiosidad, qué promociones funcionan, qué combinaciones tienen sentido y en qué momentos el cliente está más abierto a descubrir algo nuevo.

Porque una compra empieza simplemente con algo que aparece delante del cliente y le hace pensar: “Esto también me lo llevo”.

¿Por qué se dejan de comprar productos que antes gustaban?

Hay productos que durante meses forman parte de la compra habitual. Se meten en el carrito casi sin pensarlo porque sabemos que gustan, que funcionan y que se quiere volver a comprarlos.

Hasta que un día dejan de hacerlo.

A veces el motivo es evidente: ha subido mucho de precio, ha cambiado su composición o hemos encontrado otra alternativa. Pero en otras ocasiones no existe una razón tan clara. Simplemente, ese producto deja de entrar en las cestas.

Para un supermercado, entender por qué ocurre esto es tan importante como saber qué productos tienen una mayor rotación. Porque detrás de una compra que desaparece puede haber un cambio en los hábitos del cliente que merece la pena detectar.

Los hábitos de compra también pueden romperse

Comprar siempre el mismo producto tiene mucho que ver con la costumbre. Cuando algo funciona, dejamos de cuestionarnos si sigue siendo la mejor opción y lo incorporamos a nuestra rutina.

Por eso, muchos productos no necesitan convencer al cliente cada vez que los compra. Ya existe una relación previa con ellos.

El problema aparece cuando algo interrumpe esa rutina. Puede ser un cambio pequeño, como que el producto deje de estar disponible durante varias semanas, o uno más evidente, como una subida de precio. También puede ocurrir que el consumidor cambie sus circunstancias y aquello que antes necesitaba deje de tener sentido.

Lo interesante es que dejar de comprar un producto no siempre significa que haya dejado de gustarnos.

El producto puede seguir gustando, pero dejar de encajar

Una persona puede seguir valorando un producto y, sin embargo, dejar de comprarlo porque ahora busca un formato diferente, necesita ahorrar, ha cambiado su alimentación o simplemente tiene otras prioridades.

Esto es especialmente importante en productos relacionados con momentos concretos de la vida.

Un producto pensado para familias, por ejemplo, puede perder compradores cuando los hijos crecen. Un determinado formato puede funcionar muy bien para una persona que vive sola y resultar poco práctico cuando cambia su situación. Incluso un producto que durante años ha formado parte del desayuno puede desaparecer de la cesta cuando cambian las rutinas.

Cuando el precio cambia la relación con el producto

El precio es uno de los motivos más evidentes por los que un cliente puede empezar a replantearse una compra habitual.

. A veces basta con que la diferencia respecto a otras alternativas sea suficiente para que el consumidor empiece a comparar.

Y aquí aparece un fenómeno interesante: la percepción del precio no depende únicamente de cuánto cuesta un producto, sino de cuánto cuesta en relación con lo que el cliente cree que debería pagar por él.

Si una persona estaba acostumbrada a pagar una determinada cantidad y el precio aumenta de forma significativa, puede comenzar a buscar alternativas aunque siga considerando que el producto es bueno.

En ese momento, el supermercado no está perdiendo únicamente una venta. Puede estar perdiendo una costumbre.

Una subida puede cambiar una compra habitual

Cuando un cliente sustituye un producto por otro durante varias semanas, la alternativa puede terminar convirtiéndose en la nueva elección habitual. Durante ese tiempo, puede haber descubierto otra marca, otro formato o incluso otra categoría que satisface la misma necesidad.

Por eso, las variaciones de precio pueden tener consecuencias que van más allá de la venta puntual.

También deja de comprar cuando algo cambia

No todos los cambios tienen que ver con el precio.

El envase, el tamaño, la composición o incluso la forma de presentar un producto pueden modificar la relación que el consumidor tenía con él.

Imaginemos un producto que siempre se ha vendido en un determinado formato y que pasa a tener un envase considerablemente más pequeño. Aunque el precio no haya aumentado, el cliente puede percibir que está recibiendo menos por lo mismo.

También puede suceder lo contrario: un producto cambia su tamaño porque busca adaptarse a nuevas necesidades y, en ese caso, el cambio puede ser bien recibido.

La cuestión no es que cualquier modificación provoque rechazo. Es que los productos que forman parte de una rutina tienen una expectativa asociada.

El consumidor sabe qué aspecto tienen, cuánto duran, cuánto suele pagar por ellos y qué experiencia espera obtener. Cuando algo cambia, esa expectativa también puede cambiar.

Los productos que pierden compradores dejan pistas

Cuando un producto empieza a vender menos, la información más interesante no siempre está en la cifra final de ventas.

Puede estar en el momento en que comenzó el descenso.

Si las ventas caen justo después de una subida de precio, la explicación puede ser diferente a si lo hacen después de un cambio de formato, una modificación en la distribución o la entrada de un nuevo competidor.

Observar la evolución permite relacionar acontecimientos que, vistos por separado, podrían pasar desapercibidos.

No todos los clientes abandonan por el mismo motivo

Además, una caída global puede esconder comportamientos diferentes.

Algunos clientes pueden haber dejado de comprar el producto por su precio. Otros pueden haber cambiado de marca. Otros simplemente compran con menos frecuencia porque ya no necesitan la misma cantidad. Esto hace que analizar únicamente el número total de unidades vendidas pueda quedarse corto.

El comportamiento del cliente ofrece más información cuando se observa como un proceso: quién deja de comprar, cuándo lo hace y qué empieza a comprar en su lugar.

En un supermercado, resulta lógico prestar mucha atención a los productos que más venden. Son fáciles de identificar y tienen un impacto evidente en el negocio. Pero los productos que pierden compradores también cuentan una historia.

Pueden indicar que los hábitos están cambiando, que una categoría está evolucionando, que una determinada presentación ha dejado de resultar atractiva o que los consumidores están encontrando nuevas alternativas.

Y esa información puede ser especialmente valiosa porque permite detectar cambios antes de que se conviertan en una transformación evidente.

Un cliente no siempre anuncia que ha cambiado de producto. Muchas veces simplemente deja de ponerlo en el carrito.

Por eso, saber qué productos están perdiendo presencia en las cestas y cuándo empezó a ocurrir aporta una información tan interesante como conocer cuáles son los más vendidos.