Habla.
Habla todo el rato.
Habla cuando entras por la mañana, cuando atiendes a un cliente, cuando colocas un producto…
Y también (esto es lo importante) habla cuando tú no estás delante.
Porque aunque tú no lo veas, cada persona que entra en tu establecimiento se lleva una impresión. Y esa impresión no depende solo de lo que vendas, sino de cómo lo cuentas sin decir una sola palabra.
La primera frase: la entrada
Antes de que el cliente vea un producto, ya ha leído algo de ti. La puerta, el escaparate, el primer paso dentro del local… todo eso es como el saludo inicial.
¿Está claro que el sitio está abierto?
¿Se entiende rápido qué vendes?
¿Da sensación de orden o de caos?
¿Invita a entrar o genera dudas?
Un escaparate saturado, carteles torcidos o información confusa no dicen “soy pequeño y cercano”. Dicen: “aquí nadie ha tenido tiempo de pensar esto”.
Y ojo, que esto no va de establecimientos perfectos, sino de pensados.

El orden (o desorden) también comunica
El cliente, cuando lo ve todo “manga por hombro”, no piensa: “vaya, qué pena, el dueño debe estar muy ocupado”.
Piensa algo más simple: “No entiendo nada”, “Aquí es difícil encontrar cosas”, para terminar con un temido “Me voy a otro sitio”.
El orden no es solo estética. Es comodidad. Una tienda ordenada dice: “Me importa que te sientas a gusto” y “Quiero que encuentres lo que buscas”.
Una tienda desordenada, aunque tenga buenos productos, suele decir lo contrario… aunque no sea verdad.
Los carteles son tu voz cuando no estás
Aquí hay un filón (y también muchos errores).
Cada cartel que pones es una frase que tú le dirías al cliente… o no.
“No tocar”
“Prohibido”
“No se admiten cambios”
No es que el mensaje esté mal. Es cómo suena cuando tú no estás para suavizarlo con una sonrisa. Un cartel mal planteado suena borde, distante o incluso agresivo, aunque tú seas la persona más amable del mundo.
Tu tienda no debería regañar a nadie en tu nombre.
Los precios también cuentan cosas ellos solos
Precios escritos a mano, tachados varias veces, con diferentes formatos o difíciles de leer dicen mucho más de lo que parece. Dicen: “Aquí improvisamos”, “Esto no lo tenemos claro ni nosotros” o “Puede que haya sorpresas en caja”.
Cuando un cliente duda de un precio, duda de todo lo demás. No es una cuestión de lujo ni de diseño caro, se trata de mantener claridad y coherencia.
El recorrido: por dónde haces caminar al cliente
Cuando tú no estás, nadie explica por dónde empezar, qué es lo más importante, dónde está lo nuevo, ni qué merece la pena mirar con calma. Todo eso que te interesa que el cliente sepa en todo momento.Eso lo tiene que hacer el espacio.
Si el cliente entra y no sabe hacia dónde ir, la tienda le está diciendo: “Arréglatelas como puedas”.
En cambio, cuando el recorrido es lógico, fluido y agradable, la tienda está diciendo: “Te acompaño, aunque no me veas”. Y es lo que a ti te interesa.

El silencio tan molesto de una tienda sin mensajes
A veces el problema no es lo que hay… sino lo que falta. Cuando no hay recomendaciones, consejos ni orientación, la tienda se queda muda y el cliente perplejo, se va rápido, compra lo mínimo o no compra nada.
A menudo una persona que entra en tu supermercado no necesita que le vendas (puede ser que no lo tenga claro), necesita que le acompañes, le ayudes y le des ideas.
La zona de caja: el último gran mensaje
La caja es como la despedida. Ahí es justo el momento en el que el cliente decide si vuelve, si te recomienda o si se queda con una experiencia neutra.
Una caja caótica, sin una persona que atienda con cordialidad y teniendo en cuenta que trata con personas, con mensajes poco claros de ofertas de último momento amontonados o ni siquiera con un saludo inicial y una despedida, puede ser lo que hace que no te quiera ver nunca más.
Estamos ante una despedida floja que estropea una buena visita creada con todo el trabajo anterior hecho a la perfección.
Aquí es donde tu personal es esencial y debes cuidarlo para que él cuide a tu cliente.
Tu tienda no tiene que ser perfecta, tiene que ser honesta
Esto es importante.
No hace falta que sea enorme y con un diseño espectacular que haya derivado en grandes inversiones que a lo mejor no te puedes permitir, y que tampoco necesitas. Eso puede llegar a ser un supermercado frío e impersonal que tampoco ayuda a que el cliente esté a gusto.
Lo que necesitas es buena intención y que se note que cada detalle está pensado en el cliente, en ayudarle y aconsejarle si lo necesita, que diga “esto lo he pensado mucho”, “esto lo hago así por algo y es ayudarte”, “me importa quién entra y quiero cuidarle”.
Cuando hay coherencia, el cliente la nota.

Un ejercicio rápido (y muy útil)
Un día cualquiera, entra a tu tienda como si no fuera tuya. O mejor aún: pídele a alguien de confianza que lo haga y que te diga qué siente en los primeros 2 minutos. No le preguntes solo qué le parece, mejor:
¿Qué crees que es importante aquí?
¿Qué te da confianza?
¿Qué te incomoda?
Las respuestas sinceras te van a dar mucha información de si lo que quieres visibilizar es justo lo que la otra persona percibe.
En fin, lo que hay que tener en cuenta no es si tu supermercado habla o no, se trata de qué está diciendo de ti. Porque es importante que se vea cómo eres realmente, cómo cuidas los detalles y cómo te importa quién entra.
Basta con mirar a tu alrededor con “ojos de cliente” y ajustar eso que te da una sensación extraña, porque esa misma sensación la va a sentir una persona que entra por primera vez en tu establecimiento y que quieres no solo que compre una vez, sino que regrese.







